Suelo mojado, gris, repleto de miles de hojas secas, formando una extensa moqueta que se extiende a cada uno de nuestros pasos, de un marrón oscuro, frío, triste. Pero no pasa nada, las luces navideñas de todos los escaparates y balcones intentan que no nos percatemos de ellas, echadas en tierra, pisoteadas, no importa, las luces son más bonitas y por supuesto, coloridas. Las luces, curioso entretenimiento para los más pequeños y no tan pequeños, miran atolondrados su sutil y ligero bailoteo a veces hipnotizante y acompañadas de diferentes melodías. Pero las hojas, ¿Quién les presta atención? No nos engañemos, nadie lo hace. Ninguna persona se da cuenta que ellas son parte del decorado navideño, sin hojas faltaría algo y a ellas les falta observación, la observación de miles de ojos, ya sean grandes, pequeños, bizcos, verdes, grises, azules, marrones, les da igual si tus ojos son bonitos o no, solo quieren atención o observación como quieras llamarlo, es más de lo mismo.
Y entre tantas luces, hojas, aglomeraciones de gente con la sonrisa pegada en la cara, había una chica, no una chica cualquiera, puede que casualmente la hayas visto en algún lugar mientras comprabas algún caro regalo, la compra de la semana, o simplemente mientras ibas de camino a casa. En fin, como decía, ella no era ni es una chica cualquiera, para concretar en el punto más exacto, ella era esa chica. Tenía algo en esta temporada que la hacía destacar, quizá la expresión de su rostro, la manera de comportarse o como decía las cosas. En decir verdad, hasta donde su memoria le permitía recordar, nunca le había gustado la Navidad. No , no le gustaba y tampoco las comidas familiares. ¿Por que siempre se veía obligada a compartir horas y horas de aburridas charlas y tonterías de adultos si para ella eran como perfectos desconocidos? A caso ¿Qué podía decir de todos ellos? Nada, no sabe sus aficiones, cuantos años tiene cada uno, donde trabajan, ni si quiera cual es su comida o color favorito. Nada, no sabía nada. Le incomodaba ese ambiente, poner buenas caras donde no las hay, fingir una monótona preocupación hacía ella basada en las tres preguntas de todos los años: ¿Qué tal las notas? ¿A que quieres dedicarte? Y la más absurda de todas ¿Te has echado novio?. Después de aguantar la misma comida desagradable de todos los años, las mismas y casi idénticas palabras sueltas, echadas de sus bocas al tun tun, que quieren entrelazarse para conseguir una pésima y aburrida comunicación, se levantan, ponen su silla en el sitio, cogen sus abrigos y diciéndote lo guapa y mayor que estás te dan dos besos y se van. No, ella no espera nada más, sabe que no tendrá ningún regalo o detalle, como mucho lo único que obtendrá serán 10 euros con una frase argumentativa de justificación: “Ya eres mayor, a ti no te hace falta esto.” Y solo se le ocurre decir un pobre e inaudible “ya…”, sabe que se los dan por quedar bien, como si fuera una obligación y no le complace que lo vean de ese modo, debería de ser por gusto, no por obligación. A si que se resigna, y se ve a si misma sola, pisoteada, ignorada sin atención alguna, como una hoja, una simple, fea y miserable hoja.

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