
Había una vez una chica de 17 años. Ella era bajita, bajita comparando con las otras chicas, no, no, ¿pero que digo? no vamos a comparar, ella solo era bajita, de pelo corto y negro, tan negro que parecía que la noche se había enredado en él. También era blanca de piel, incluso a veces tan blanca que se podía distinguir perfectamente el recorrido de sus venas, azules extremadamente azules. Bajo sus ojos, sus pequeños y marrones ojos siempre se asomaba un ápice de ojeras lo cual junto con un débil y casi imperceptible brillo, intensificaba ese toque de tristeza. Remarcandolos lo más posible, una linea negra, remarca, remarca, quizá en intento de disimular su fragilidad. Toda ella era un conjunto de cosas pequeñas, pero sus manos eran feas, no tenía uñas las cuales poder pintar de negro, ni las que poder lucir con gran orgullo, ni las que limar o cortar, no, no podía hacer nada de eso, los nervios y las inseguridades podían con su fuerza y recaía enseguida en moderselas.
Sus dientes son blancos y separados, debería llevar un aparato dental, pero nunca le había complacido tal idea. Así que esa separación le hacía tener una sonrisa de niña pequeña.
La chica físicamente se veía normal, quizás tenía unos quilos de más, pero aún así normal, sin embargo había gente en empeñarse en meterle el concepto de que ella está gorda. Gorda suena mal, pero es lo mismo que rechoncha, rellenita, que se yo, al fin y al cabo gorda.
Le gustaba leer ¿le gustaba? Más que eso, ¡le encantaba! Era capaz de pasarse horas frente a un libro sin despegarse de él ni un solo segundo. Si pudiera, siempre estaría leyendo algún libro de terror, o algún con un bonito final de esos que sabe que solo pasan entre esas páginas o en el cine.
Al igual que en la lectura, le gustaba refugiarse en la música. ¿Que mejor que encerrarse en su habitación o sentarse en algún parque solitario con su música y sus canciones que hablan de ella, de lo que siente, de sus lágrimas y perderse? En invierno especialmente, también le ayudan los largos paseos sola por la ciudad intentando evadirse incluso deseando desaparecer o disfrutar de un café bombón en alguna apartada cafetería.
Elegía minusciosamente las palabras a la hora de hablar, escribir, pensar, pero una palabra, una entre millones y millones de ellas, la había elegido, y era miedo. Palabra y termino que revoloteaba a su alrededor, como una mariposa, como el viento, como la vida, pero siempre tras ella, miedo a quedarse sola, a perder sus amigos, a que nadie la quiera y valore, que a nadie le importe lo suficiente, miedo a encariñarse, miedo al miedo, miedo de este que la aceche eternamente.
A mi me gusta la pequeña de ojos marrones
ResponderEliminar,corto pelo negro y moníssima nariz (:
Filoblog es sali,con la cuenta del blog de filosofia del simarro
ResponderEliminarjajaja (LLLL)
Filoblog XD
ResponderEliminarMira lo que he trobat en Internete:
El ignorante tiene valor; el sabio, miedo. :)
PD: Ara m'apeteix un café bombó xD
ResponderEliminar